Con hilos dorados, paciencia infinita y una fe inquebrantable, Florinda Escalera ha dedicado 27 años de su vida a vestir a la Virgen María de Urkupiña, confeccionando a mano trajes únicos que no solo reflejan devoción, sino también una profunda conexión espiritual.
Maestra jubilada y bordadora por vocación, Florinda no solo cose con esmero cada prenda para las imágenes sagradas, sino que también las viste con ternura, como si cada virgen fuera parte de su propia familia. Cada año, los feligreses llegan hasta su tiend, ubicada en la calle Sucre, en el municipio de Quillacoll, en el Valle Bajo de Cochabamba, con sus virgencitas en brazos, confiando en sus manos expertas para que las embellezca con gracia y delicadeza.
«Yo no solo les hago los trajes, también las visto. Les acomodo la ropa como me gustaría que alguien vista a mi virgencita», cuenta con orgullo y una sonrisa humilde. Además, les ofrece consejos a los devotos sobre cómo deben tratar y cuidar a sus imágenes, porque para ella, vestir a la virgen es un acto de amor y fe.
Durante casi tres décadas, Florinda ha mantenido viva esta tradición, y asegura que cada traje lo borda con la misma dedicación de siempre. Su tienda se ha convertido en un pequeño santuario donde no solo se embellece a las imágenes, sino donde también se renueva la fe de quienes la visitan.
Los trajes que confecciona han llegado incluso a diferentes partes del mundo: Argentina, Suiza, España y Chile, llevando consigo el espíritu de la devoción cochabambina.
“Trato a cada persona y a cada Virgen como si fueran mías”, afirma. Y eso se nota. En cada puntada, en cada consejo y en cada sonrisa paciente con la que recibe a los devotos que año tras año regresan a sus manos confiables.
Florinda Escalera no solo cose tela. Cose también esperanza, gratitud y amor por la imagen sacra.
