En tan solo siete meses de 2025, ocho mujeres fueron asesinadas en Cochabamba. Ocho nombres, ocho historias interrumpidas por la violencia machista. Tras ellas, quedan 12 niños, adolescentes y jóvenes que ahora cargan con una herida que no sanará fácilmente: crecer sin su mamá.
Las víctimas tenían entre 19 y 38 años. Cinco de ellas eran madres, mujeres que entre el trabajo, el hogar y los sueños, también luchaban por dar un futuro mejor a sus hijos. Hoy, esos pequeños —de 1 a 21 años— se enfrentan a la orfandad y a la ausencia más dolorosa.
Jacqueline Fuentes, de 26 años, dejó cinco hijos: 10, 7, 5, 4 y 1 año.
Luli María Méndez Zapata, de 34, dejó cuatro: 17, 15, 9 y 1 año.
Silvia Andrade Ramírez, de 38, dejó un hijo de 21.
Evelyn Andia Ortiz, de 19, dejó un niño de 2 años.
Aida Cruz Charca, de 25, dejó un hijo de 5.
Sus muertes no fueron accidentes. Fueron feminicidios: dos quemadas, dos estranguladas, dos golpeadas, una apuñalada y una empujada desde un tercer piso. En la mayoría de los casos, los responsables eran sus parejas o familiares cercanos, hombres que alguna vez dijeron amarlas.
Los hechos se registraron en diferentes puntos del departamento: dos en el trópico, dos en Sacaba, uno en Punata, uno en Mizque, uno en Cliza y uno en Cercado. Detrás de cada ubicación hay un hogar roto y una familia marcada por el miedo y la injusticia.
Cinco de los acusados están con detención preventiva, uno ya fue sentenciado a 30 años de cárcel, uno murió y otros tres están en proceso de investigación. Pero las condenas, por más necesarias que sean, no devuelven la vida ni curan la ausencia.
Cada número en esta estadística es una historia, una risa, una voz que ya no está. Y cada niño huérfano nos recuerda que la lucha contra la violencia hacia las mujeres es urgente, porque cada día que pasa sin actuar, otra vida corre peligro.
