Murió el 27 de diciembre de 2025. No hubo sirenas, ni audiencias judiciales, ni cámaras encendidas. Patricia Quispe Canaviri se fue en silencio, como suelen irse quienes han cargado demasiado tiempo con un dolor que no encuentra palabras. Su historia, sin embargo, ya estaba escrita en la memoria colectiva de El Alto desde mucho antes.
Durante casi dos años, Patricia convivió con una ausencia imposible de explicar. La de sus dos hijos pequeños. Dormía y despertaba sabiendo que las habitaciones ya no volverían a llenarse de pasos, risas o voces infantiles. Sobrevivió al ataque que marcó su vida, pero no logró reconstruirse después de la pérdida.
Para entender su muerte, hay que volver a la madrugada del 5 de marzo de 2024.
Aquella noche, en una vivienda de Ciudad Satélite, una visita que parecía rutinaria cambió el destino de una familia. César Guillermo Tezanos Pinto llegó con el argumento de ver a sus hijos, de dos y cuatro años. Hubo una discusión por la custodia. Nada hacía prever que ese intercambio de palabras derivaría en una de las tragedias más estremecedoras que recuerde la ciudad.
Los niños dormían cuando perdieron la vida. Patricia resultó gravemente herida. Aun así, encontró fuerzas para pedir ayuda. En una llamada breve y desesperada alertó a su familia de lo ocurrido. Esa frase, pronunciada entre el dolor y el miedo, se convirtió en el primer testimonio de una noche irreparable.
La llegada de la Policía y del Ministerio Público confirmó la magnitud del hecho. Las investigaciones se apoyaron en registros de cámaras de seguridad, pericias forenses y testimonios que permitieron reconstruir lo sucedido. La evidencia fue contundente. El agresor confesó y se sometió a un proceso abreviado.
La Justicia dictó la pena máxima: 30 años de prisión por doble infanticidio y 15 años por intento de feminicidio, condena que cumple en el penal de Chonchocoro. Para el sistema judicial, el caso quedó cerrado. Para Patricia, recién comenzaba otro camino.
Después del crimen, su vida quedó suspendida en un duelo permanente. Pasó por internaciones, tratamientos y largos silencios. Familiares cercanos relataron que nunca volvió a ser la misma. La casa se transformó en un espacio marcado por recuerdos y ausencias. Cada fecha, cada objeto, cada rincón evocaba lo que ya no estaba.
El 27 de diciembre de 2025, Patricia falleció. Su muerte no fue consecuencia directa del ataque, pero sí del impacto emocional que nunca logró superar. Se fue como vivió sus últimos meses: luchando, en medio de una tristeza profunda que no encontró alivio.
La historia de Patricia Quispe no es solo una crónica policial. Es el reflejo de lo que ocurre cuando la violencia deja sobrevivientes que continúan su vida sin un acompañamiento integral. Es también un recordatorio de que las sentencias no siempre alcanzan para reparar lo que se rompe.
Hoy, su nombre permanece unido al de sus hijos. Y su historia queda como una herida abierta que interpela a la sociedad, a las instituciones y a todos aquellos que aún creen que la violencia termina cuando se dicta una condena.
