El empresario Orlando Vargas ingresa al escenario político como una opción ciudadana y compromiso cívico con la ciudad de Cochabamba, más que como una carrera partidaria tradicional. Su participación responde —según explica— a la necesidad urgente de redefinir la relación entre la Alcaldía y la ciudadanía, incorporando criterios de eficiencia, responsabilidad y servicio público, alejados de la lógica del privilegio.
En ese camino, Vargas decidió acompañar la propuesta de Javier Bellott, a quien respalda no desde una coincidencia coyuntural, sino desde una valoración concreta de su trayectoria. Destaca su responsabilidad y liderazgo como presidente de la Federación de Entidades Empresariales de Cochabamba (FEPC), así como su compromiso ciudadano evidenciado en iniciativas como Tunari Sin Fuego, Cochabamba sin Ruido y Cochabamba sin Virus, plataformas que —a su criterio— demostraron que es posible articular gestión, conciencia ambiental y acción colectiva sin cálculo político.
Su diagnóstico parte de una realidad concreta: Cochabamba está dejando de ser un polo de atracción económica del país. Empresas, inversiones, estudiantes universitarios e incluso visitantes extranjeros están optando por otros destinos. Para Vargas, la ciudad corre el riesgo de convertirse únicamente en una “ciudad de descanso”, sin dinamismo económico ni proyección de futuro, una tendencia que —advierte— debe revertirse con urgencia desde el gobierno municipal.
Calidad de vida más allá del clima
Vargas cuestiona la noción reducida de la calidad de vida que, según él, ha dominado el discurso oficial. “No es solo el clima agradable o construcción de obras de cemento. Calidad de vida es seguridad, salud, educación, trabajo, movimiento económico y una institución pública que te simplifique la vida, no que te la complique. En suma, una ciudad vivible para todas y todos los que habitamos en la llajta”, sostiene.
Desde esa mirada, su propuesta apunta a resolver problemas estructurales que afectan directamente la vida cotidiana de los cochabambinos: el acceso al agua potable, la gestión de la basura, el caos vehicular, la inseguridad ciudadana y la falta de planificación urbana, especialmente en zonas históricamente relegadas como la zona sur. Disminuir la brecha social entre el sud y el norte es el desafío central que debemos encarar en el corto y mediano plazo.
Gestión pública con lógica de servicio, no de privilegio
Uno de los ejes centrales de su planteamiento es la ruptura con la cultura patrimonial del ejercicio privilegio en la función pública. Vargas es categórico: las autoridades no hacen favores, cumplen obligaciones. “No hay por qué agradecerle a un funcionario público por una obra hecha con nuestros impuestos; por el contrario, el funcionario debería agradecer la confianza ciudadana”, remarca.
Desde esa lógica, cuestiona el uso de recursos públicos en viáticos innecesarios, vehículos oficiales, dietas excesivas y gastos superfluos. Incluso plantea, de manera simbólica y práctica, que un concejal debe ejercer su función con austeridad: “Si el día de mañana soy concejal, no voy a aceptar ni una empanada de la institución”, afirma.
Su visión apunta a que el funcionario público sea el primer servidor, el más accesible y el más humilde, y que la institucionalidad municipal deje de ser una estructura que “pone trabas” para convertirse en una plataforma que facilite la vida del ciudadano.
Confianza, simplificación y digitalización
Vargas propone un cambio profundo en la forma de administrar: menos burocracia, mayor agilidad en la prestación de servicios y más confianza en la buena fe del ciudadano. Para él, el exceso de requisitos, trámites interminables y colas en las instituciones no es sinónimo de control, sino de ineficiencia.
“En cualquier país moderno todo es digital. Aquí parece que mientras más colas hay, creen que eso es gestión”, cuestiona. Su planteamiento es claro: trámites rápidos, licencias inmediatas, inspecciones posteriores y sanciones solo cuando se compruebe el incumplimiento. “Primero hay que dar oportunidad para producir, trabajar y generar ingresos”, enfatiza.
Esta visión se extiende también a la regularización del derecho propietario, especialmente en la zona sur, donde miles de familias viven sin poder pagar impuestos no por falta de voluntad, sino por trabas administrativas que —denuncia— terminan alimentando la corrupción y el negocio de intermediarios.
Empresariado aplicado a lo público
Desde su experiencia empresarial, Vargas sostiene que quien sabe producir, administrar y cuidar cada centavo en el sector privado puede aportar una mirada distinta al ámbito público. No se trata de disponer de las arcas públicas, aclara, sino de administrar con eficiencia, planificación y resultados, convirtiendo a la Alcaldía en una institución sostenible y orientada a generar valor social.
“La municipalidad no puede seguir siendo una institución que gasta por gastar. Tiene que ser eficiente, transparente y responsable”, señala, cuestionando incluso la falta de pago a empresas constructoras que hoy reclaman en espacios públicos por deudas impagas.
Una propuesta cívica centrada en el futuro
Lejos de promesas grandilocuentes, Orlando Vargas plantea que la política municipal debe enfocarse en cómo vivirá mejor la gente mañana. Generar oportunidades para que los jóvenes se queden en Cochabamba, atraer inversión, fomentar el turismo, mejorar el trato ciudadano y construir una ciudad segura y ordenada son, para él, condiciones mínimas para recuperar la esperanza colectiva.
“Lo importante no es la vida privada del candidato, sino la propuesta, la ejecución y el trabajo honesto”, afirma. Su postulación al Concejo Municipal, junto a Javier Bellot, se perfila así como una apuesta cívica por transformar el modelo de gestión, recuperar la confianza ciudadana y demostrar que Cochabamba puede ser gobernada con responsabilidad, coherencia y compromiso ciudadano.
En tiempos de desafección política, Vargas propone algo poco habitual: volver a poner al ciudadano en el centro, no como espectador, sino como corresponsable del futuro de la ciudad.

